LA INDEFINICION DE LAS VICTIMAS EN LA FRONTERA Y SUS TRAMPAS
Saturday, 03 January 2009 01:10
Autor: Freddy Javier Álvarez González
- Los límites y alcances de la noción de víctima
¿Quién es la víctima? ¿Qué es la víctima? Son dos preguntas diferentes. La primera pregunta por el sujeto, la segunda sobre las condiciones de calificación de la víctima. Se supone que la definición de quién es una víctima no la podemos hacer sin antes haber calificado. Ese es el nudo Kantiano del empirismo, el cual supone una formulación a priori. Las dificultades sobre la calificación son las mismas de la trascendentalidad la cual se presupone separada de la ideología y el poder, es decir, el sujeto-víctima no se define, es definido y su definición es problemática desde la consideración de sujeto. Por eso es común tropezarnos con la siguiente definición: la víctima es una persona que no tiene la capacidad de defenderse por sí misma, al ser atacada por un poder con la capacidad de destruir su vida, causalidad no elegida y consecuencias fuera de una normalidad. Los conflictos generadores del sujeto-víctima están fuera de todo merecimiento y ellos provocan efectos no esperados. Por consiguiente, el sujeto-víctima es provocado por otros y su sufrimiento es injustificable. Al no poderse defender se encuentra en la situación urgente de ser defendida.
La víctima es alguien que no merecía estar en la situación de bestia sufriente porque no hacía parte del conflicto. Por consiguiente, la víctima está revestida de un carácter de inocencia. La víctima es un inocente en condición de sufrimiento. La inocencia es paradisiaca e infantil. Ella es una ingenuidad sin argumentación. La víctima no tiene por qué vivir lo vivido.
Dicha condición de inocencia revela la existencia de un merecimiento de situación originada en el conflicto. El sufrimiento, desde la inocencia de la víctima, se puede dividir entre los que sufren merecidamente y los que sufren inmerecidamente. La víctima experimenta un sufrimiento inmerecido. Lo que llama la atención es la relación entre conflicto y castigo merecido.
El merecimiento es una derivación de la Ley de la Retribución, es decir, quien sufre es porque hizo algo en contra de la Voluntad de Dios. El componente moral determina el Estar Bien o Mal. La condición de merecimiento es determinada por el Estado. Luego la víctima implica en el fondo, una forma de merecimiento o in-merecimiento que viene del exterior.
Alguien se sorprendía de por qué después de un levantamiento contra el Estado se reclama la indemnización por los golpes, las heridas y los muertos si el ingreso en el conflicto supone asumir un tipo de represión. Esta forma muy particular de objeción esconde el desplazamiento de la noción de víctima porque el conflicto implica un merecimiento de sufrimiento, no obstante, dentro del conflicto también nos encontramos de forma involuntaria. De este modo, aparece un carácter cínico en la separación entre víctima y no-víctima que atenta contra los derechos de las personas y los pueblos, pero al mismo tiempo nos lleva a preguntarnos sobre ese sufrimiento merecido del conflicto que aparece en la mística revolucionaria y en algunos aportes de la Teología de la Liberación.
En la década de los setenta del siglo pasado se hablaba del revolucionario radical que sufría por la liberación de los pueblos. No había revolucionario sin sufrimiento personal, sin sacrificar lo personal y familiar. De igual manera, en la Teología de la Liberación se afirmaba que el seguimiento de Jesús implicaba la persecución y la muerte. Sin duda que hay un sufrimiento por los demás, parte del conflicto, un sufrimiento elegido. Desde dicha elección se lucha contra un sufrimiento no elegido. Luego, hay quienes eligen un sufrimiento por los que sufren sin haber elegido sufrir, contra los que colocan sufrimiento en la mayoría por querer vivir como amos. Así, el sufrimiento era la marca indispensable del compromiso. La felicidad y la justicia eran análogas al no-sufrimiento. Paradójicamente el sufrimiento era el camino elegido para vencer el sufrimiento de las víctimas.
El concepto de víctima está ligado a la noción de indefensión. No se tiene defensa por diversas circunstancias, la más importante porque el Estado no es presente en la zona de Frontera. La presencia-ausencia es definitiva en la definición de la víctima. En el lado ecuatoriano lo que se avizora es un sufrimiento debido a la ausencia del Estado. En el lado colombiano, la víctima es provocada por el mismo Estado. El padre ausente produce victimas y el padre autoritario y violento también es productor de victimas. En ambos casos no escapamos a la figura ambigua del Padre quien al mismo tiempo que nos protege, tiene el derecho de violarnos.
La figura del Padre protector y violador esconde las causas estructurales. Además, el Padre se coloca en posición de víctima para justificar su violencia en la protección o en la necesidad de instaurar “el orden”. La víctima es el Estado es por eso que su reacción primera es consustancial a la violencia justificada.
La víctima está revestida por un carácter sagrado. Ella no solo está indefensa, hace parte de un conflicto no generado por ella, es buena en sí misma. En la Biblia Veterotestamentaria, el pueblo vuelve el rostro a la mayor de las víctimas. El sufrimiento no merecido es salvador. Dicha visión en el fondo esconde una serie de rasgos perversos.
Giorgio Agamben se refiere al Homo Sacer, figura a la que cualquiera puede dar la muerte, sin embargo, es insacrificable, una figura heredada del Derecho Romano donde la vida es introducida bajo los términos del modelo excepcional, lo cual revela las fuentes de los textos sagrados sobre soberanía y Poder Político. En tal sentido, la víctima no es error de la política, es la política misma. Por ejemplo, la lucha contra el comunismo, el narcotráfico y el terrorismo, supone de manera continua un Homo Sacer. Alguien debe ser sacrificado aunque sea insacrificable. La muerte es justificada de forma a priori. Un asesinado, nunca es un asesinado, es potencialmente un asesino para la política que hace justicia en nombre de las víctimas. Por lo tanto, cabe la pregunta: ¿Puede existir una política que no recurra a la condición de víctimas?
El estado de Excepción, normal dentro del Estado, es el escenario del Homo Sacer. Las víctimas emergen dentro de dicha excepcionalidad. La excepcionalidad es la justificación de la condición injustificable de la víctima. El sacrificio es una condición irrenunciable del quehacer político.
¿Cuáles son las víctimas de la Frontera Norte? Son varias: campesinos y campesinas, pueblos enteros desplazados, mujeres sobre las que se ejerce violencia, ejércitos que violan la frontera y los derechos, grupos ilícitos, paramilitares, sicarios, mafias de gasolina, gas, droga, etc. Todos los ingredientes para una buen film de Hollywood.
Desde una mirada en blanco y negro, no hay víctimas sin victimarios. Aquí aparece el problema de la culpa. No hay víctima sin culpable. La víctima genera la culpa, lo cual no significa que deba existir un culpable. Freud mencionaba la existencia de una ilusión con respecto al victimario. La imagen del Padre que me pega, es un recurso psicoanálitico poco real para explicar la realidad. Pareciera que todos y todas han sido violentados por un padre autoritario. Sin embargo, dicho imaginario no se puede separar de lo real. El deseo en política oscila entre un padre que ponga orden por medio de su autoridad y un padre que reconozca y cuide su rebaño. Ambas imágenes se juntan. La inminencia del padre autoritario nos tranquiliza porque la seguridad es familiar a la autoridad, pero tarde o temprano es un problema la prolongación de la tranquilidad. De la misma manera los refugiados políticos suelen contar historias fantásticas, más allá del juicio entre verdad y mentira. Ellos son las víctimas con la necesidad de demostrar de manera irrefutable la violencia del victimario.
Las víctimas, en cierta forma justifican nuestra existencia a pesar de su dolor injustificable. Un lugar de victimas como la frontera Norte, es perfecto para la Cooperación Internacional especializada en las victimas, sin la fuerza moral o política para combatir los victimarios. Incluso, los victimarios los contratan para defender las víctimas que ellos mismos crean. Dicho modelo esquizofrénico es propio del sistema capitalista, por ejemplo no es raro encontrar que muchos dineros con los que se combate la corrupción vienen del BID y de los bancos judíos; que una parte del dinero con el que se combate la destrucción de la naturaleza viene del la Shell o de la Texaco; y que parte importante del dinero con el que se hacen obras de desarrollo vienen de las transnacionales y los países encargadas de explotar los recursos y la mano de obra de los subdesarrollados.
Los medios de comunicación también viven de las víctimas. No es que haya medios dedicados a la crónica roja y otros no, en realidad, cada medio está especializado en el mundo de las víctimas, tienen necesidad de desangrarlas en sus periódicos y noticieros. Las noticias siempre son malas porque nacen en las víctimas. Para digerir la dosis necrófila de un noticiero, es indispensable un poco de farándula y otro poco de deporte, cualquier noticia “positiva” es un cinismo.
La victima suele ser también un victimario. El victimario se justifica por su anterior condición de víctima. La condición de víctima ha servido para justificar a los peores victimarios de la historia. El problema es cuando la injustificada víctima ya no puede justificar su condición de victimario porque su condición de víctima del pasado no justifica su postura actual de victimario. Este es el caso del Estado de Israel.
En los seres llamados humanos encontramos la tendencia hacia la victimización. La competencia es cómo hacer sentir al otro o la otra culpable. La victimización tiene un dulce encanto narcisista al que se refirió Vladimir Jankelevich. Sufrir sin merecimiento tiene una connotación morbosa, a la cual se le logran sacar réditos muy importantes. En cierta forma, los victimarios gozan pero tienen la probabilidad de perder y las víctimas pierden pero siempre tienen la probabilidad de ganar.
Dentro de la Frontera Norte nos encontramos con una borrachera de las definiciones no solo propias de de una realidad conceptual sino de los vaivenes del poder y la política.
- La borrachera en el que vive la definición de la víctima o, todos queremos ser reconocidos como víctimas
Las víctimas de la frontera son diversas y su definición es borrosa. La siguiente clasificación es un ensayo por definir una tipología de víctimas determinante de un carácter problemático.
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- El Gran Otro victimario, el Gran Otro protector y los otros-víctimas de la política militarista.
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El Gran Otro de la política es quien nos impide ser felices y al mismo tiempo, en él descansa la única posibilidad de llegar a la felicidad. Al otro violento se le visibiliza para acentuar la existencia de la víctima, ese animal sufriente impedido existir.
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La política requiere configurar ese Gran Otro, opositor de sus sueños revolucionarios, productor de víctimas o victimario para proteger los derechos revolucionarios. Como diría Carl Smith, la política necesita del enemigo. No hay política moderna sin victimarios.
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El escándalo no se da por la existencia de las víctimas sino porque las víctimas no son centrales, son secundarias. En consecuencia tiene sentido la transversalización del género. La secundariedad de las víctimas hace posible su acercamiento sin supuestos complejos. La izquierda quiere liberar a las víctimas. La derecha se interesa por las víctimas para evitar juicios como el de interesarse solo por los negocios.
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Necesitamos sentir pesar por las víctimas, llorar por ellas/ellos, sentirnos buenos a través de ellas/ellos. Los buenos occidentales no resistimos escuchar y ver a las víctimas actuando fuera del sufrimiento. No nos imaginamos a las víctimas haciendo fiestas, alegres, haciendo el amor, divorciándose, intentando demostrar que la vida sigue. A la víctima se le separa de todo goce porque el derecho a gozar con ellas lo ejercemos en la medida de la comprensión y la constatación de su sufrimiento inevitable. Se trata de demostrar quién es más macho.
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Si el Gran Otro es el causante de la víctima, hace falta un padre fuerte, un falo autoritario protector. El victimario puede ingresar, torturarnos, asesinarnos, desplazarnos y el defensor puede hacer lo mismo para protegernos. Ambos hacen las víctimas para defender a las víctimas. La masculinidad se despliega en todo el conflicto y en la violación y protección de la víctima. Sin duda que la lucha por la noción de dignidad aparenta un conflicto de masculinidades.
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El Otro es el victimario. Por casualidad las víctimas se encuentran en el lugar de fuegos cruzados. El problema es el lugar. Su sufrimiento e incluso su muerte solo se pueden comprender –no explicar- en términos del Libro de Job. Dicha visión refuerza el militarismo, por consiguiente el Otro victimario se combate con el Otro solidario y comprometido. La víctima está entre los grandes Otros. Su muerte es el efecto de una “equivocación” o del Otro victimario presente o del Otro bueno ausente. En medio, hay alguien al que no se le pregunta porque precisamente es una víctima, no tiene estatuto de sujeto, su vulnerabilidad es incontestable. El hecho de no ser sujeto permite mejor el flujo de la política.
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La víctima no tiene lazos con el Otro, el Otro no pregunta a la víctima, la víctima es su objeto. El Gran Otro se institucionaliza para su defensa. Su discurso habla de ella sin que ella hable por su discurso, mientras tanto, sus acciones la aplastan.
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- Diluir la víctima en una mirada compleja
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Las definiciones complejas no son fijas, ni segmentadas ni lineales, ellas son borrosas. Una víctima no es una víctima porque un victimario no es un victimario. El terreno es movedizo cuando queremos definir algo. El ser desde las relaciones, y el movimiento de las relaciones en las interrelaciones, acciones e interacciones. Esto nos obliga a una aproximación desde nuevas lógicas, sin dejar de lado el ámbito de las acciones y las relaciones de poder.
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En consecuencia, una mirada compleja resalta en un primer momento la ambigüedad de las definiciones. Una ambigüedad tal define la víctima y el victimario en el mismo sujeto desde lugares y tiempos diferentes. Por ejemplo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Farc, en un momento, fueron esos otros protectores que luchaban a favor de las víctimas, hoy son victimarios de los secuestrados. La ambigüedad sucede desde el discurso configurador. Para la vieja izquierda, las Farc todavía representan el sueño perdido de la revolución, ellos hacen control moral, defienden la población y luchan por la revolución, para la izquierda revolucionaria. Luego, no son victimarios, son víctimas al ser defensores de ellas. Una mirada así resulta insostenible en la actualidad de la política.
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La mirada actual está configurada en la ideología del terrorismo. Dicha ideología, considera a las Farc como sujeto terrorista. Los antiguos luchadores por la justicia son ahora verdugos de las “buenas políticas”. El terrorista es el victimario sin derecho a la defensa condenada desde antes de la acción, sin defensa, y el indulto es un acto de generosidad de quien ocupa el puesto de victimario en su ejecución. Las sociedades descansan en el anuncio del acto de la condena a muerte de los victimarios pues todos necesitamos para vivir del sentimiento de víctimas.
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Los lugares ocupados definen a la víctima. El desplazamiento territorial es el signo que tiene la víctima para la caridad profesionalizada de la Cooperación Internacional. La ocupación del territorio de las víctimas las realiza el victimario, llámese Estado, Ejército o Autodefensas. La pérdida del territorio define a la víctima. El defensor se hace victimario al desplazar las víctimas que desde su discurso dice defender.
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Desde diversos lugares se absuelve y condena, sin embargo, el mismo lugar puede hacer las dos acciones al mismo tiempo. Las autodefensas son el sujeto causante de las víctimas. Ellas son victimarias. Su condición es defendida no solo por sus creadores, también por quienes están “agotados” por la violencia.
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La víctima puede ser legítima pero no legal. Los Raspachines no son legales, pero suelen ocupar la posición de víctimas. Su vulnerabilidad es mayor al cruzar la línea de frontera. La seguridad la tienen actuando fuera del negocio. Al otro lado están expuestos. Dos décadas del mismo trabajo, las legitima, pero no las legaliza. Ellos tienen dificultad para ingresar en el estatuto de víctimas o de victimarios.
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Las causalidades de la víctima y el victimario no son directas. La distancia causal hace muy difícil una definición. Una víctima o un victimario no lo son por sí. Los Cacharreros transportan objetos de contrabando en la frontera. Ellos viven de cargar objetos prohibidos por la ley en grandes cantidades. También pasan gasolina, gas y droga, incluso personas. ¿Cuándo son víctimas y cuándo victimarios? La víctima contiene en forma de holograma al victimario.
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La foto en blanco y negro solo nos deja ver aquello que deseamos ver. Una víctima no se obtiene sin las relaciones con otras víctimas y con victimarios lejanos. Parcelar la figura de la víctima es cortar con el flujo que la sostiene parcialmente en la exposición analítica. La víctima está diluida no porque habita la frontera, es la frontera la que habita en ella, por eso su paso, desvío, invasión, son movimientos en cierta forma naturales a la auténtica imposibilidad de definición.
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- La víctima, un lugar en disputa
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Las víctimas aparentemente reales suelen desaparecer cuando el interés político está en diseñar una victimización que si bien no es real, es del orden de lo ilusorio. La violación a la soberanía entendida como la intromisión en el territorio nacional es algo que se evidencia en específicos momentos. En el mismo sentido, una nueva víctima emerge: la naturaleza sujeta de derechos y obligaciones por parte del Estado y los ciudadanos. Cuando el Estado reivindica su condición de víctima por la violación de la soberanía exonera su condición de victimario de la naturaleza con sus modelos de desarrollo extractivista. El énfasis colocado en la naturaleza, conlleva responsabilidades jurídicas nacionales, pero sus condiciones de complejidad involucran planes y acciones más planetarias.
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El Estado se siente víctima por la intromisión sin permiso en el territorio, pero no victimario por la destrucción de la naturaleza. ¿Por qué? Todos defendemos nuestra condición de víctimas y huimos de nuestra vocación a victimarios. Sin embargo, es desde nuestra condición de víctimas desde donde podemos actuar en calidad de victimarios. El lugar más cómodo para el victimario es definirse desde la calidad de la víctima. Además, el territorio es algo delimitado, defendido, es nuestro. Los derechos de la naturaleza no son nuestros, son de ella. Ya no actuamos a nuestro favor. Nuestras acciones las realizamos como acciones a favor de ella.
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La naturaleza como víctima cae en el error del pensamiento único: la generalización. A los petroleros, destructores de la naturaleza, los condenamos por sus evidentes e indefendibles desastres ecológicos y se defienden por su aporte sustancial al desarrollo, situación falsa porque los lugares de extracción suelen ser los más pobres y su producto no se responsabiliza de los efectos contaminantes ni tiene una responsabilidad social que vaya más allá de manipular y negociar con los gobiernos locales, movimientos sociales y comunidades indígenas y negras para continuar en su labor extractivista.
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El cinismo de las políticas de frontera va de la mano con el cinismo de las políticas del desarrollo. Así como es inevitable que haya víctimas, es inevitable que haya impactos ambientales. La inevitabilidad demuestra que ni las víctimas ni el ambiente son el centro de las políticas. Ellas son márgenes los cuales no cambian las direccionalidades políticas. Al no poder hacer nada, lo único que nos queda es la risa de la ironía.
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- El bazar de las víctimas y los victimarios desde la autoridad de lo legal
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Así como se decía antes del Concilio Vaticano II que fuera de la Iglesia no hay salvación, así también en el mundo jurídico, todo lo que está fuera de la ley es permisible. La ley es la definición de lo mejor, -a veces se confunde con lo bueno- desde el lugar de una justicia discutible. Foucault señaló la pertenencia de lo ilegal a lo legal. En consecuencia, las mafias que transportan Precursores Químicos, encargadas del contrabando de gasolina y gas, y del tráfico de droga en la Frontera Norte, no están fuera de lo legal. Una indecisión así entre lo legal y lo ilegal convierte en problemática la definición de las víctimas. La legalidad ya no tiene un marco parcelado, su compartimentación beneficia la ilegalidad que la circunda, atraviesa y patenta. En tal sentido, la legalización de lo ilegal más que un golpe económico, es la revelación de su cohabitación.
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A pesar de dicha cohabitación la legalidad ilegaliza las fuentes menores y las personas secundarias, llevándolas hasta el grado del conjuro. Las poblaciones que viven del negocio de la droga y el comercio ilegal son perseguidas, mientras tanto el negocio crece y cambia de dueños.
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La declaratoria de la ilegalidad realizada desde el Estado se efectiviza en intervalos. Los pueblos y comunidades soportan las represiones y adoptan nuevas formas para sobrevivir en las avalanchas jurídicas y policivas. Más por presiones que por convencimientos, el Estado es obligado a declarar la impertinencia de aquello convertido desde décadas en formas de vida.
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El estatuto de víctima requiere de la bendición de la ley, por tanto, su declaratoria hace parte de un proceso de institucionalización. La ilegalidad hace de la víctima un delincuente y del victimario un agente de la ley. Dichas modalidades cubren el rol y justifican la violencia del Estado.
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- La víctima de la tierra o todos contra todos o el diablo con todos
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Las víctimas se producen con el despojo de la tierra. Las guerras están más allá del ataque a los declarados enemigos, lo importante son las tierras. Su estrategia se junta con su objetivo militar: apoderarse de las tierras. La víctima es un sin-tierra y el sin-tierra es un sin-identidad. La cultura, la política y la economía convergen en la tierra. Perder la tierra es extirpar la mayor de las referencias para la pregunta de quién soy. La no-identificación de la víctima, el sin nombre, está en haber perdido la tierra.
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La tierra que se vende, se divide, con la que se especula, la tierra en disputa es el escenario perfecto para provocar la vulnerabilidad de las víctimas. Los Awa son un grupo indígena dividido por la línea de frontera creada con la demarcación territorial del Estado Nación. La propiedad comienza por la tierra, después siguen las personas. Sus tierras fueron despojadas por el conquistador y luego por el derecho pues como diría Rousseau, el poder de la fuerza se legitima con la ley. Actores del capitalismo destructor de la naturaleza, despojan a los indígenas de sus tierras. Incluso comunidades negras entran en disputa con los Awa después que el colonizador los ha despojado de todo. Un conflicto cultural no es independiente de la geometría de los sin-parte evidenciada por Ranciere.
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Al fenómeno de las víctimas sin tierra se adjunta el decreto de seguridad en la línea de frontera. Dentro de tales zonas, la tierra no puede ser de nadie, es del Estado por la situación beligerante de la zona.
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Por consiguiente, la defensa de la víctima no se puede hacer sin la lucha por la tierra, por su devolución, por el decreto de su propiedad comunitaria y por los mecanismos para que dichos actos jurídicos se respeten.
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- Las víctimas naufragas
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Las mujeres son las víctimas de las víctimas porque en las situaciones de conflicto su violación hace parte de la guerra. Ellas han sido triplemente explotadas, por su condición de pobres, su condición de mujer y su condición de raza: ellas son negras, indígenas, cholas o extranjeras. Las mujeres son un botín de guerra. Nos pertenecen cuando se gana o se pierde la guerra. Sus cuerpos son objetivos de tiro. Su vulnerabilidad es mayor en la línea de frontera, de ahí la radicalidad de su organización en dicha zona.
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Ellas son víctimas náufragas en la medida que no logramos establecer conexiones entre su vulnerabilidad y el carácter fálico de la guerra y el Estado. Las luchas por la soberanía son luchas por las posesiones y la mujer es parte de las posesiones de nosotros los hombres. La mujer nos pertenece en el mayor de los actos de los hombres por la dignidad.
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La incapacidad de conectar la episteme patriarcal a la episteme marxista hace de las mujeres victimas náufragas. Sus cuerpos y experiencias son colocados en el patio trasero de los planes de gobierno. Si hay reconocimiento y garantía de derechos, los hay sin cuerpo. No logramos juntar los derechos de la mujer con los derechos de la tierra porque las mujeres nunca han sido dueñas de nada, ni siquiera de sus hijos e hijas paridas.
- La Apología del Animal Sufriente
Tras la definición de víctima existe un animal sufriente, campo perfecto para la intervención sin consulta a las víctimas y a los pueblos en general. El animal sufriente está subordinado a la ética del mal, afirma Alain Badiou. La ética del mal imposibilita a sus objetos a una salida por sí mismos. El bien arriba desde fuera. La víctima depende de un campo protector metafísico.
Las mujeres y los hombres de la línea de frontera pertenecen al mal. La anulación del sujeto es indispensable para afirmar el contexto de guerra. El conflicto es entre poderes, las víctimas justifican y dejan de importar a los Señores de la Guerra. Dentro del mal, la víctima ha sido condenada al sacrificio. Las víctimas de la frontera no tienen derecho a la defensa, son malos desde antes, ellas son equiparadas a los condenados de Guantánamo y de Abu Grahim.
El reconocimiento no lo es todo. El reconocimiento desde el mal hace la víctima. El esclavo está en mejor posición que la víctima. En cierta forma no hay necesidad de reconocimiento cuando se es víctima. El Amo se reconoce como bueno en la víctima sin recurrir a la reciprocidad. La víctima no busca un reconocimiento. El reconocimiento buscado es de animal sufriente.
La víctima se subordina al mal asimilado a la subestructura animal, a la pura y simple identidad viviente. Aunque no sea mala, no hay nada bueno en la víctima. El bien absoluto es el mismo en el que se justifica la guerra. El bien se encuentra con el mal en el bien absoluto, un bien sin discusión, perfectamente argumentado, arribando al sueño de Habermas.
Según Heidegger, no somos otra cosa que un Sein Zum Tode, un ser para la muerte y esta es la noticia que quería saber el verdugo para liberarlo de su culpa, decía Levinas. La víctima es una buena noticia, más que para la víctima, para el victimario. La víctima es definida desde la muerte. La vida se encuentra en los márgenes básicos.
En los campos de las víctimas se concreta el sentido profundo de la Política Moderna: hacer todo por ellos al mismo tiempo que hacemos todo sin ellos. El juego democrático no es, por lo tanto, una parcialidad, es una imposibilidad dentro de los cánones mismos del pensamiento y de la práctica.
Salvar lo despreciable es un buen negocio. No hay interacción porque la víctima es un animal solo dispuesto a recibir. La política alcanza los grados de la Teología Medieval: condenados desde antes de nacer por el pecado original, mito que hace imposible la contestación de Adán y Eva como personajes no- históricos. La víctima es alguien sin ser, sin poder y sin deseo. Ella es la realización de la política religiosa que devuelve un ser incontestable, un poder ciudadano de obediencia y un ser que depende del deseo del otro porque la víctima se desea en el deseo del otro.
Tras la misericordia para las víctimas nos encontramos con un hombre occidental, blanco, cristiano, civilizado. Las víctimas no tienen nombre. Con acierto dice Badiou que la ayuda humanitaria ratifica que lo problemas del Tercer Mundo se deben a su sub-humanidad. En efecto, las víctimas no son fruto del mal, ellas son el mal. Su sufrimiento no es sin causa. Ellas sufren porque son culpables, siguiendo de esta manera la Doctrina de la Retribución. El escándalo es que las víctimas no tienen la posibilidad del bien, no hay voluntad para ellas, son las bestias sufrientes que justifican la salvación de Occidente.
- Conclusión
Hace algunos años en un café filosófico sobre el mal, descubrí la necesidad que tienen nuestras culturas de identificar, representar y luchar contra el mal. La víctima es una buena excusa. Ellas/Ellos están recubiertas por un velo fantasma. Siendo mala, ella es buena para nuestros intereses. En efecto, para la política es bueno, lo mismo que para los medios, competir con ver y visibilizar cuerpos lacerados, mujeres violadas, niños masacrados, personas que mueren en la pobreza, mientras justificamos nuestra existencia política. Mostrar que en realidad el otro sufre y que nuestros estudios, tesis, fotos, planes, intentan liberar al otro de su sufrimiento, es una buena justificación de la profesionalización como salvadores. Dicha obscenidad denuncia nuestra real vocación de sepultureros.
El Presidente Uribe de Colombia necesita de un Presidente Correa para justificar la bondad de su plan de combatir el terrorismo. El bien se potencia con el mal. No hay víctimas afirma a menudo. Los desplazados son familias con el deseo de hacer turismo en el Ecuador. Los asesinados son muertos en combate, auténticos positivos o simplemente falsos positivos. La Política de la Frontera necesita de un Plan Colombia para señalar en un lado la paz y en el otro la guerra. Nosotros y ellos, ellos y nosotros, los buenos y los malos. La parte está inscrita en el todo. Dicha inscripción se hace en la cinta de Moebius, es decir, a veces, es real, a veces simbólico y a veces es solo imaginario.
En suma, los otros malos, somos nosotros los buenos. No hay el bien sin el mal. La posibilidad de ser buenos está en la víctima aunque no nos interese combatir el mal. Así como no es posible un Sade sin Kant, la víctima es el cumplimiento perfecto de la guerra como política.
Muchas gracias por su escucha
Bahía Blanca Argentina, Noviembre 7 del 2008


